Adicciones: relato y realidad

Nota de la presidente de Fundación ProSalud Lic. Gabriela Richard para LaVoz.com.ar.

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No son pocos los jóvenes que se atreven a admitir que lo que comenzó como diversión terminó como problema, y piden ayuda por sí mismos…

 

Según la Dirección de Estadística y Censos de Córdoba, entre 2008 y 2011, los índices de consumo de marihuana y cocaína aumentaron más que los de alcohol, y cada vez se solicitan más tratamientos por adicciones.

Para revertir esta tendencia, es necesario diseñar campañas de prevención efectivas que, además de detectar casos y derivarlos, reconozcan la influencia de factores del contexto social que favorecen las prácticas de consumo de drogas.

Reconocer estos factores, entre otros, también permite comprender lo arduo que resulta a los padres educar a sus hijos, y a los docentes, dar clases –es frecuente el consumo de marihuana antes de ingresar a la escuela, y en algunos casos también dentro de ella–, sin el acompañamiento de políticas públicas integrales.

 

Consultas

Para reflexionar sobre estos datos estadísticos y cuestiones de contexto, me enfocaré en algunos casos registrados en programas locales especializados en adicciones. Ante el aumento de consultas de padres por jóvenes que han desarrollado adicción a la marihuana, se destacan las que responden a un nuevo perfil: los que iniciaron y sostienen su consumo ligados a organizaciones que lo promueven (cómo conseguirla o consumirla para “reducir el daño” que puede producir, etcétera).

Los jóvenes con problemas de adicción por los que consultan consumen sólo marihuana y no padecen ninguna enfermedad que pudiera justificar su uso terapéutico (si es que efectivamente tuviera esta función). El proceso adictivo que han desarrollado se puso en evidencia con cambios de actitudes –falta de motivación o mayor agresividad– y problemas de inserción social diversos.

Al escuchar a sus padres, se advierte la gravedad de los casos, genuinamente planteados: ¿quién mejor que ellos, que sobrellevan la convivencia y observan los cambios cotidianos, pueden explicar el dolor que padecen? Están desorientados, no saben cómo proceder.

Los sorprende que sus hijos se expresen como “militantes” de la marihuana, establezcan intensos vínculos afectivos con el interior de los grupos con los que se identifican y excluyan la percepción de riesgo en sus planteos: “no es un problema”, “lo dejo cuando quiero”, es “sólo” marihuana, etcétera.

Es probable que encuentren en estos grupos un clima de fraternidad agradable, que los lleva a minimizar los inconvenientes aparejados por las prácticas de consumo que los vinculan. Muchas veces, la marihuana es producida por ellos mismos. Compraron semillas y/o plantas, convencieron a sus padres para cultivarlas en casa y dedican tiempo a cuidarlas para tener buenas cosechas.

Sin embargo, como consumen cada vez más cantidad, no siempre les alcanza con la producción propia y compran cuando la necesitan. Dedican tiempo a experimentar, buscar (en Internet o en revistas especializadas) y enseñarse mutuamente diversas formas de incluirla en comidas u otros productos con los que también obtener alguna sensación nueva. Todo contribuye a mantener activas diversas dinámicas comerciales que ligan oferta y demanda.

Esto se complica porque las variedades de marihuana que ofrece el mercado tienen cada vez mayores concentraciones del principio activo (THC). Generan efectos más potentes y diversos, según el tipo de semilla usado.

Globalización mediante, la investigación genética que realizan empresas multinacionales ha permitido producir nuevas variedades de plantas a partir de semillas genéticamente modificadas. La accesibilidad a semillas, plantas, cogollos o a la marihuana lista para usar es cada vez mayor, lo cual hace que su consumo se vuelva fácil de incorporar al repertorio de conductas cotidianas mal interpretadas como “normales”.

 

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