Intentos de enmendar errores del pasado

En una cultura pródiga en promesas, ofertas y búsquedas de eficiencia y perfección, aspirar a ser buenos padres no puede quedar fuera del espectro. Y como esta cultura promueve además la competitividad y el éxito, se trata de ser los mejores padres. ¿En qué consiste esto? Nadie lo sabe con certeza, gracias a lo cual proliferan las fórmulas vertidas en libros, videos, cursos, talleres y decálogos pediátricos, psicoterapéuticos y psicopedagógicos. Los perimidos consejos de los ancestros ya no cuentan. El resultado es la confusión, la duda perpetua, los dobles o triples mensajes a los hijos, la obsesión, la culpa paterna y materna, la autoexigencia y, por fin, lo peor: la tercerización de la crianza. En su ambición de ser buenos (o perfectos) padres, y ante el temor de no estar haciéndolo bien, muchos terminan por delegar la tarea en escuelas, psicólogos, diversos tipos de profesores e instituciones. Siempre con las mejores intenciones, en nombre del amor y a menudo con dudosos resultados. Entre éstos se cuentan chicos con abrumadoras agendas en las que no caben ni el juego ni lo espontáneo, hijos con tanta libertad que terminan por no saber qué hacer consigo mismos, padres que abdican de la función y de la adultez en la creencia de que la buena paternidad consiste en ser pares de sus hijos y no líderes y guías en el desarrollo de esas vidas.

Leer más…

Por Sergio Sinay | Para LA NACION